Elena y Cristo, round 2
(publicado originalmente en palabrasdomingueras)
Sonríe cuando Cristo habla.
Está tratando de autoconvencerse de que está vez será distinto con Cristo.
Me estoy enamorando, piensa. En realidad tiene confundidos los tiempos verbales, ya lleva enamorada algún tiempo. Está tratando de autoconvencerse de que todavía retiene cierto control sobre la situación. Le da media vuelta a la taza de café en sus manos, como si estuviese realizando la ceremonia de té japonesa. Noventa grados, otros noventa grados. Uñas rojas sobre cerámica decorada con árboles, flores. Le regala el lado bello de la taza a Cristo.
“Oye” dice Cristo “¿me estás poniendo atención?”
Odia como Cristo le dice oye, oye, mira, ajá, que la apresure y la controle durante la conversación. Asiente rápida y muda, pero la verdad es que no. No le oye y sabe que tampoco importa, que lo que Cristo quiere es seguir hablando y hablando y hablando, que su presencia sólo le importa para justificar sus palabras. Cristo y Elena, Elena y Cristo. Le gusta como suenan sus nombres juntos dentro de su cabeza, como fluyen. Al principio su nombre le parecía extraño, pero poco a poco se había acostumbrado a él. Cristo, cristo, cristo. Como Cristóbal, pero más bello, más cortadito y limpio. Raro como siendo atea había terminado con una persona llamada así.
Cristo sigue moviendo la boca, gesticulando con las manos. Elena se imagina que de los movimientos de sus manos brotan lirios, orquídeas, lianas que van cayendo con ternura al suelo. De la apertura danzante de su boca brotan colibríes, caracolas de humo de colores tropicales. Cuando parpadea imagina que de sus pestañas caen diminutos diamantes que ruedan por sus mejillas antes de rebotar en la mesa. Se queda muy quietecita ante estas imágenes, temerosa y maravillada ante el espectáculo que le está montando su mente. Se pregunta si Cristo puede verse reflejado como ella lo ve. Entonces busca su propia imagen en sus ojos. Ahí está, pequeña y atenta. El cabello corto de niño, las coquetitas azules perforando sus lóbulos. La nariz pecosa, los labios carnosos las dos manos y la taza de té con el lado bello. La americana y la blusa floreada de seda, tan ligera que casi puede ver cómo se mueve con los latidos de su corazón. El repentino ceño fruncido de Cristo le hace perder su imagen reflejada y volver al momento.
“…Y si las cosas van a ser así, si me prometes que esta vez no vas a tener una de tus crisis, entonces si que consideraría lo de irnos a vivir juntos. La verdad es que estoy un poco cansado de cargar con tus depresiones y tus cosas, ¿me explico? No te lo tomes a mal pero eres una persona complicada. Pero es verdad, sí que te veo mejor. Europa te sentó bien”.
Elena piensa en el último año, en las cosas rotas. Piensa en la Gran Mentira, en la realidad que él imagina, en los últimos 365 días en que él la ve en el extranjero y ella estaba en la clínica en las afueras de la capital, poco a poco ganando peso y realidad, cada kilo aumentando su contacto con el suelo, con la realidad, sacándole tantos pájaros que tenía acumulados en el pecho, tiritando de frío.
Elena sabe que Cristo está esperando una respuesta pero se queda callada. Sabe que si el silencio dura lo suficiente, él continuará hablando. Así sucede. Cristo continúa. Habla de promesas, de planes, de un apartamento que tiene contemplado en la zona sur. Habla de hipotecas y cosas del mundo adulto que a Elena le cuesta tanto comprender. Elena lo interrumpe.
“Cristo… mira, no sé nada. No puedo prometerte nada. La vida es rara y aleatoria y hay días buenos y días malos. Sólo sé que pienso en el futuro y creo que sería lindo tenerte ahí”.
Cristo la mira atento, como si la estuviera viendo por primera vez, como si no llevaran una hora en la mesa de la esquina. Observa por primera vez la piel pálida, los dedos delgados y largos tratando de no ocultar el diseño delicado de la taza. Trata de no pensar en esas cosas: porcelana y huesos frágiles, cosas fáciles de romper. Desea que las palabras de Elena sean ciertas, que haya crecido, que sea un poco más…resistente. Espera también ser lo suficientemente fuerte para marcharse si las cosas se ponen duras de nuevo. Siente que está cometiendo un error terrible al introducirse de nuevo en el peligroso y delicado mundo Elena, pero ya no puede evitarlo. Por un segundo visualiza a Elena en el suelo, el pelo grasoso y largo, los platos rotos por todas partes, las lágrimas pesadas y las piernas delgadísimas y dobladas en ángulos antinaturales. Aleja el recuerdo con un gesto de su mano. Lo pasado, pasado.
Y Elena ve en el gesto un pájaro que vuela y sale por la ventana, como una oportunidad perdida.
